Horacio Salgado Fernández - Psicólogo Universidad de Concepción

En Chile las cosas parecen pero no son. Ya es un tema recurrente: parece que en razón de los índices macroeconómicos el país navegara viento en popa, pero lisamente no es así. La economía para muchos es ciertamente sólida, como un iceberg. Pero la precariedad de millones de habitantes, hundidos bajo el agua, es colosal. Lo reconoce –me temo que en lo más oscuro de su noche- el propio ministro de Hacienda, Nicolás Eyzaguirre. Hace unos días me encontraba postulando a un cargo como psicólogo comunitario en cierta comuna de Santiago (yo mismo acabo de quedar sin trabajo), y mientras era entrevistado por una colega -una conversación sumamente agradable, por lo demás-, en un momento ella tuvo a expresar muy bien lo que está ocurriendo en el país, probablemente en sus más variados rincones. No fue un reclamo, ni una lamentación. Fue más bien una constatación, cuyo fundamento se basaba en una comprensión profunda de lo que son las cosas. No de lo que parecen, sino de lo que son sustantivamente. Lo que dijo fue más o menos lo siguiente: “… Aquí, en estas poblaciones hay muchos jóvenes que viven con sus familias en treinta metros cuadrados, en construcciones sólidas, cuyos padres les dan dinero para sus gastos y que en varios casos incluso, con esfuerzo, les pagan un instituto técnico profesional. Los chiquillos y chiquillas creen que van a poder acceder a muchas cosas, por la publicidad y la televisión, porque creen que cuando terminen sus estudios –los que los finalicen- eso debiera acontecer naturalmente. Y cuando eso no ocurra, la frustración será tremenda. Ya está pasando. Aquí los chiquillos parece que creen que viven en Ñuñoa (que es una comuna de clase media), cuando en realidad viven en… (y menciona una comuna de clase media baja o baja derechamente). Y eso que estos chiquillos no son realmente los pobres en este país...” Uf. ¿Qué se puede agregar? Me impresiona que en unas cuantas frases esta colega haya sido capaz de sintetizar la situación actual de inequidad que vive el Chile actual. El filósofo Martín Hopenhayn en un artículo del 2003 señala esto mismo, extrapolándolo en el continente: “La mayoría de los jóvenes latinoamericanos padecen una combinación explosiva: mayores dificultades para incorporarse al mercado laboral de acuerdo con sus niveles educativos; un previo proceso de educación y culturización en que han introyectado el potencial económico de la propia formación, desmentido luego cuando entran con pocas posibilidades al mercado del trabajo; mayor acceso a información y estímulo con relación a nuevos y variados bienes y servicios a los que no pueden acceder y que, a su vez, se constituyen para ellos en símbolos de movilidad social; y una clara observación de cómo otros acceden a estos bienes en un esquema que no les parece meritocrático; y todo esto en un momento histórico. A medida que se expanden el consumo publicitario y la educación formal, y permanece estancada la capacidad adquisitiva para responder a capacidades humanas, la sociedad se “recalienta”. ¿Cuál es el tiempo en que los frutos se reparten? Ante ello, el tiempo parece detenido. Una vez más, no es casual que el aumento sostenido de la violencia urbana durante la última década en la región tenga a los jóvenes como protagonistas. Esta brecha de expectativas los violenta y los subsume en una atemporalidad irritante, y la violencia refluye como síntoma, como respuesta y como fantasma.” Desde hace algún tiempo, personas de influencia han venido manifestando las inequidades que el “modelo económico” genera casi automáticamente. El caso de Felipe Lamarca, ex presidente de la Sociedad de Fomento Fabril y del grupo COPEC, ha sido en Chile un verdadero ramalazo. En Francia lo ha sostenido Jean Peyrelevade, ex presidente del Crèdit Lyonnais. Por supuesto, la discusión no es nueva. En cualquier caso, debo confesar que a mí -un hombre que por diversos designios se ha alejado de la fe- las opiniones del sacerdote Felipe Berríos me resultan acertadísimas, aunque entre la tormenta de declaraciones, casi pasen inadvertidas. Que haya señalado abiertamente en cierta ocasión que el aumento de impuestos a quienes obtienen más puede efectivamente ser una forma de disminuir las inequidades, me merece un gesto de profundo asentimiento. Creo que es preciso ser firmes y claros en determinados aspectos, cuando no se obtienen respuestas por otras vías menos opresivas. Probablemente esto tenga directa relación con lo que señaló Jesús a propósito de que, o bien se es frío, o bien se es caliente, pero que los tibios, llegada La Hora, serán vomitados. Preferiría, por supuesto, que los que obtienen más decidieran por convicción personal distribuir parte de sus ganancias entre quienes necesariamente propician dichos logros (mediante mejores condiciones salariales, de trabajo, salud, etc.). En Chile las cosas parecen pero no son. Parece que hubiese una preocupación relevante por la enorme brecha existente entre ricos y pobres. Y es así. Parece. Pero no es así. Para que así ocurra es precisa la existencia de un ejercicio de poder. Es en el poder donde se juega todo. En el poder económico. En la voluntad de personas de carne y hueso, de seres humanos como cualquiera de nosotros, que con decisiones reales y no aparentes pueden contribuir verdaderamente a construir un país justo, distribuyendo de ese modo el poder. Es sólo eso. Cada vez que, cualquiera de nosotros, ante una decisión que podría tomar uno mismo como supuesto “experto” permite que el otro menos poderoso, informado, decida por su propia vida, por su propio derrotero, está realizando un ejercicio de poder, redistribuyéndolo. Y de esa forma el otro se hace más poderoso en cuanto a su destino. Eso es todo. La dificultad estriba en que la voluntad de poder, y con ello de control sobre otros, parece ser demasiado grande en este y en muchos países. En Europa estamos viendo cómo la discriminación sistemática ha dado lugar a irrupciones de violencia nunca antes vistas. Una violencia que estuvo confinada durante años pero que hoy ha adquirido presencia y realidad. Y los jóvenes -como señala Hopenhayn y mi colega- son los protagonistas La inequidad en Chile y en Latinoamérica es cruel y real. No basta que en Chile las cosas parezcan, las cosas debieran ser. Y para ello, es necesario que el poder se redistribuya. Y ese ejercicio, querámoslo o no, está en buena medida en manos de quienes tienen más poder. Así de simple. Mientras tanto, sigamos trabajando.

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